


La Crónica
Las colas formadas en las salas del festival, demuestran el entusiasmo del público, llenando día a día gran parte de las sesiones.El cine asiático sigue en plena forma,no es una moda pasajera y año tras año (y ya son unos cuantos) tanto el fiel público del Baff de las ediciones pasadas como los nuevos espectadores que se han visto atraídos por
el estupendo cartel que los responsables del festival se curran año tras año.
Como norma general el joven festival asiático a mostrado siempre un claro compromiso por los valores artisticos,dando una oportunidad tanto a los nuevos talentos como a las nuevas tendencias.Nos ha permitido asistir al nacimiento de toda una nueva “ola” de jóvenes autores asiáticos .El deseo del festival es respaldar a los nuevos directores que compiten en la sección competitiva ,y por ello, los premios se dividen en dos. El “Durian de Oro” otorgado por Casa Asia,se concederá a los directores emergentes de filmografía no superior a tres películas,y el “Cinematk” en colaboración con Teuve y Avalon.Este premio supone el estreno en nuestras salas de la película ganadora y su pase en el canal Cinematk de Teuve.Una apuesta de futuro,donde el Baff intentará cubrir la escasez anual de títulos asiáticos en nuestra cartelera.
Y para celebrar el décimo aniversario,el Baff a ampliado sus espacios de exhibición y creado la sección “Baff 10”,con la que se recuperan diez películas imprescindibles que han dejado huella en el festival,una película por cada año.After Life es una de las elegidas,un curioso film del cada vez mas conocido autor de Nadie Sabe(2005)(película que a pasado también por el Baff) y Hanna(2007) “Hirokazu Kore-eda”.
La coproducción Japon-Taiwan “Café Lumière” (2004) es un delicioso homenaje que Hsiao-Hsien dedica al maestro Ozu.Una película minimalista que a triunfado en diversos festivales incluido el Baff 05.La china “Devils on the Doorstep” (2000)de Jiang Wen fue la ganadora del premio del jurado de Cannes,una historia sobre la ocupación japonesa en China.Rodada en un impecable blanco y negro,la cinta que combinaba el drama y la comedia no gusto mucho a las autoriades chinas, prohibiéndola por antipatriótica.(Cal recordar que su protagonista y director Jiang wen,es un actor muy popular en su país ,y se dio a conocer internacionalmente trabajando para el gran Zhang Yimou en “Sorgo Rojo”).Goodby,Dragon Inn de Tsai Ming-Liang es una mirada nostálgica a tiempos ya pasados.Love Will Tear Us Apart (1999)de Hong Kong es la obra de uno de los directores de fotografía más importantes del cine independiente,Yu Lik-Wai a sido operador de cámara para Jia Zhangke entre otros.Syndromes and a Century es la representante de Tailandia en este Baff 10.Una película prohibida por la censura de su país. Un film fascinante y misterioso que demuestra el buen hacer de su realizador Apichatpong Weerasethakul,director de culto responsable de Tropical Malady(2004),película que ganó el premio del jurado en Cannes 04. Las japonesas All About Lily Chou-Chou (2001) de Shunji Iwai , Shara de la cada vez más conocida Naomi Kawase y la ganadora del premio del público, It’s Only Talk (2005) son una buena representación del cine procedente de Japón.Y para finalizar comentaremos una de las películas coreanas que más me han llamado la atención.,Oasis (2002) de Lee Chang-Dong ,director que nos ha traído este año otra joya Secret Sunshine.Oasis es una película singular, que sobrepasa los límites de lo socialmente aceptado. Una historia de amor entre dos personajes marginales que puede resultar incómoda para más de un espectador.
Junto a la sección Baff 10 se añaden las ya conocidas D-Cinema,las sesiones especiales,las películas anime , el AS (Asian Selection).y como no…La sección oficial competitiva ,con títulos como Four women (India) A Gentle Breeze in the Village (Japón)The Rebirth (Japón )Tambolista (Filipinas )Night Train (China ),Live Track (China)God man dog(Taiwan)The red awn (China) Waltz in Starlight (Japón) Who’s Than knocking at my door?(Corea S.)Wonderful Town (Tailandia) y las dos grandes triunfadoras de esta sección :
Secret Sunshine *Official Competition
DIRECTOR Lee Chang-dong GUIÓN Lee Chang-dong
REPARTO Kang-ho Song, Jeon Do-Yeon, Yeong-jin Jo, Mi-kyung Kim, Yeong-jae Kim, Seo-hie Ko, Myeong-shin Park.

Una profesora de piano llamada Shin-ae se traslada a Miryang,el pueblo natal de su difunto marido .Es una oportunidad para comenzar una nueva vida junto a su hijo
“Jun”.Shin-ae abre una academia de piano y todo parece ir sobre ruedas.Pronto una terrible tragedia golpea de nuevo el corazón de la pobre protagonista.El pequeño Jun,es secuestrado y asesinado.La vida de la mujer se tambalea, es el momento de encontrar el apoyo necesario para seguir adelante.Solo la religión parece calmar el dolor de la perdida.Una fe que le hará pasar del odio al perdón ,para nuevamente recaer en la más profunda rabia y desesperación .Sin embargo Sin-ae no esta sola,el tímido dueño de un garaje (interpretado por el actor surcoreano más conocido por el público, el entrañable Song Kang-ho) intentará por todos los medios posibles calmar el dolor y la angustia de su amada Sin-Ae.
Estamos ante una de las películas más conmovedoras que han pasado por el festival.La actriz principal Jean Do-Yeon,a ganado por esta interpretación un premio en el festival de Cannes.Es la viva cara de la tragedia,sin duda nos ha dejado helados en nuestras butacas.
El guionista y director de Daegu ,Lee Chang-Dong ,es el ex ministro de cultura de Corea del sur. Empezó tarde a dirigir,pero ya a demostrado su talento en varias películas como Green Fish,Peppermint Candy y su obra maestra Oasis (2003), película que le dio a conocer internacionalmente,ganando el premio al mejor director en el festival de Venecia. Con “Secret Sunshine”,alcanza las más altas cotas de sensibilidad pocas veces vistas en la gran pantalla, quizás de una duración un tanto larga (142 minutos ) pero muy intensa de principio a fin.
Secret Sunshine a sido uno de los mayores reclamos del festival asiático, con una muy buena entrada en el Aribau Club.


ALIENTO (Soom-Breath) director y guión : Kim Ki-Duk
Con:Chen Chang, Jung-woo, Ji-a Park. (2007)Corea del sur.*Asia Selection
Sinopsis:Yeon infeliz junto a su marido, descubre que este la engaña con otra mujer.Entoces decide ir a visitar a un preso condenado a muerte. El preso está interpretado por Chen Chang, un hombre que a sido protagonista de diversos medios de comunicación,por sus continuos intentos de suicidio.Yeon rompe su silencio al entrar en una pequeña sala destinada a las visitas,un pequeño lugar que decora para representar las estaciones del año y así crear un clima agradable que pueda calmar la angustia de su amante.Por su parte,el preso intenta sobrevivir a la soledad que siente en prisión, pese a la incomoda presencia de los tres compañeros que comparten celda con el.Todo se complica cuando el marido descubre su relación ,y celoso prohíbe a su mujer ,volver a ver al preso.

El director sur coreano Kim Ki-Duk,habitual de todos los festivales internacionales y uno de los directores más productivos del cine asiático,no concede tregua ,a su regreso a nuestro país nos regala otro breve relato de amores imposibles siempre llevados al límite.
Nuevamente nos sorprende con un poético film de amor,eso si,fuera de lo común, con sus siempre características largas tomas y silencios elocuentes,menos violento que en otras ocasiones como Hierro 3, una película muy similar rodada en el 2004.Tanto en aquella como en esta,la protagonista, atrapada en un tormentoso matrimonio, comienza una relación con un joven,del que apenas sabemos nada. Los pocos detalles que nos muestra el director sobre sus vidas son mas que suficientes para entender la falta de comprensión y amor que sufren sus protagonistas.
El Festival Festival Internacional de Cine de San Sebastián
A la hora de abordar un análisis de un fenómeno cinematográfico tan complejo, y plagado de intereses de tan diversa naturaleza, como el Festival Internacional de Cine de San Sebastián se hace necesario una cierta distancia temporal que solamente se puede conseguir con la perspectiva que dan los meses. Y como no es este el caso, puesto que en la sociedad hiper-informada en que tratamos de desenvolvernos nos obliga a una suerte de alquimia periodística capaz de enfrentarse al siempre exigente criterio de actualidad, me veo obligado a escribir esta crónica con excesiva celeridad y con la ya mencionada escasez del necesario tiempo de reflexión. Pero al margen de estas consideraciones personales sobre la profesión periodística a modo de excusa propia, que imagino al lector poco o nada le interesarán, la 55ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián ha dado para mucho. En lo que a cine se refiere, la presente edición del festival se puede resumir recurriendo al siempre fértil terreno del refranero popular español. Y es que un fugaz vistazo al programa del festival ya nos avisaba de que a priori el festival nos iba a dar una de cal y otra de arena, o lo que es lo mismo, una de celuloide y otra de papel mojado. Y no le faltaba razón. Las propuestas de este año para el festival se han movido en un terreno siempre complicado, oscilando entre las iniciativas arriesgadas, como las mostradas a la hora de programar las retrospectivas clásica y moderna, y las apuestas complacientes para con un determinado sector de la industria cinematográfica nacional e internacional (productoras, distribuidoras, escritores encumbrados y demás agentes culturales transnacionales). No se explica sino que junto a las ya mencionadas retrospectivas programadas este año, Henry King y Philippe Garrel, arriesgadas tanto por su desconocimiento dentro de nuestras fronteras como por las proposiciones fílmicas que ambas carreras presentan, se haya optado por proyectar películas de tan escasa profundidad y rigor cinematográfico como la última película de Michael Radford (Un plan brillante) o la enésima aportación hollywoodiense al decrépito cine de acción norteamericano protagonizado por la estrella de turno venida a menos, en este caso Samuel L.Jackson (Cleaner). Pero haciendo justicia a la realidad, que es de lo que se trata a la hora de informar, me veo obligado a señalar que desde los aficionados al cine, entre los que me cuento, no se puede dejar de agradecer a la organización del festival parte de la programación ofrecida este año. En concreto creo que además de las ya mencionadas retrospectivas (Henry King y Philippe Garrel) exhaustivas y necesarias las dos, ha habido grandes aciertos como la organización de la sección paralela Fiebre Helada en la que se han proyectado joyas cinematográficas de Islandia, Dinamarca, Finlandia, Noruega o Suecia, que o bien se estrenaron fugazmente en España o bien no se llegaron a estrenar nunca. Ha sido un lujo poder ver en cine varias películas de Bent Hamer, Aki Kaurismaki, Ragnar Bragason o Simon Staho. Otras iniciativas ya habituales en San Sebastián como la sección Horizontes Latinos, dedicada a películas de habla hispana, ha ofrecido un buen puñado de buenas películas a las que el destino, en su caso en manos de distribuidoras con escasa amplitud de miras, les puede dejar fuera de los circuitos comerciales. Es el caso del documental Lucio, película muy interesante que retrata la figura de Lucio Urtubia, el anarquista navarro que además de trabajar como albañil consiguió atracar el Citybank británico para con sus fondos financiar la lucha anarquista. Otro acierto de esta sección, además de muchas otras no mencionadas por la escasez de espacio y tiempo del que dispongo, fue la proyección de la excelente La soledad de Jaime Rosales, película presentada en el pasado festival de Cannes, y que se erige como un exacto tratado fílmico sobre la soledad cuyas propuestas narrativas se agradecen en una cinematografía tan complaciente como la nuestra. Por último, la también habitual sección Perlas de otros festivales nos ha permitido ver en España películas que han sido estrenadas este año en festivales cinematográficos de todo el mundo y que debido a los criterios de los distribuidores españoles es probable que no podamos verlas en España durante este año, y quizás solamente lleguemos a verlas en DVD. Películas como Control de Antón Corbijn, La escafandra y la mariposa de Julian Schanbel El abogado del terror de Barbet Schroeder, la hilarante Death At Funeral de Frank Oz, la restauración del documental beatleiano firmado por Richard Leister, Help, la tailandesa Ploy, o las muy esperadas Lady Chaterley de Pascale Ferran o En el valle de Elah de Paul Haggis. Mención aparte merece la proyección dentro de esta sección de 4 meses, 3 semanas y 2 días de Christian Mungiu, Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y que recibió en San Sebastián el premio FIPRESCI, otorgado por la asociación internacional de críticos cinematográficos, a la mejor película del año. Segundo largometraje de Mungiu que esboza con una cuidada puesta en escena la situación del aborto ilegal en Rumania tras la caída del régimen militar de Ceaucescu. A modo de conclusión se puede señalar que después de esta 55ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, el ánimo que nos queda es bastante ambiguo. Por un lado no se puede dejar de alabar las atractivas propuestas, ya citadas anteriormente, pero tampoco podemos olvidar que también se han visto películas en San Sebastián que distan mucho de merecer ser exhibidas bajo el amparo de un Festival de cine, algo supuestamente serio, que debería apostar únicamente por películas de contrastada calidad artística. Además, el sentimiento de decepción no viene exclusivamente por la vía de las malas películas proyectadas, situación que mal que me pese juzgo inevitable dentro de un festival de cine. La decepción también proviene del hecho de comprobar que muchas de las grandes películas que hemos podido ver durante esta semana larga se mantendrán dormitando el sueño de los justos en virtud de las pésimas políticas de exhibición que se manejan en el seno de las distribuidoras españolas. Crónica Por Ignacio Urigüen Etxeberria
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| Sección Oficial Crónica Por Ignacio Urigüen Etxeberria
Al igual que el resto del festival, en el que se han ido intercalando las buenas con las no tan buenas películas, e incluso con las decididamente malas películas (situación que supongo inevitable en un festival de cine), el conjunto de la Sección Oficial ha dejado un sabor cuanto menos agridulce, aunque haciendo justicia a la historia del cine y al peso de las grandes figuras del cinematógrafo, el sabor sería más agrio que dulce.
Además de presentar ciertas reminiscencias superficiales a alguna de las señas de identidad de sus anteriores obras (caso de los explícitos y bizarros planos detalles del feto y de las mutilaciones), uno de los aciertos más considerables de la película es la presentación de la ambigüedad moral del protagonista (villano y héroe al mismo tiempo en virtud de alguna solución dramática de guión poco inesperada), y del uso que éste y sus jefes hacen de la violencia. Aunque esto nos pueda resultar algo ya visto en pantalla sobremanera, la forma fílmica en que resultan tratadas en escena no deja de ser sumamente correcta y eficaz, logrando en algunos momentos del metraje que el espectador se introduzca en el drama con cierto interés. En general se puede decir que formalmente la película alterna los aciertos y los fallos con una cadencia similar, lo que ha producido en casi todos los que han visto la película la misma sensación, que la película es notable pero podría haber sido bastante más de no ser por la ya mencionada sensación de falsedad que la puesta en escena provoca y que hace, que a pesar del buen oficio mostrado por los intérpretes, los espectadores no lleguemos a creernos del todo sus emociones, motivaciones y acciones.. En definitiva, la película de Cronenberg se exhibió como una demostración de buen oficio y como una aceptable apertura de festival, pero nada más. La siguiente jornada estuvo marcada por la presentación de la primera película española que competía este año en sección oficial, Mataharis de Iciar Bollaín. He de reconocer que no soy un gran admirador de Bollaín, pero nunca dejo de ver una película por tan rigurosos escrúpulos. Además, visto el revuelo suscitado por esta, con una previsible rueda de prensa multitudinaria incluida, y que en la antesala de las proyecciones eclipsó a la otra película presentada a concurso, La batalla de Hadiza de Nick Broomfiled, allí me fui, a ver lo que se me ofrecía esta propuesta patria. Lo cierto es que no tengo mucho que decir de la película de Iciar Bollaín, que a pesar de contar con buenas intenciones, buen presupuesto y con un reparto que más quisieran muchos de los directores nóveles de nuestra cantera cinematográfica, la película naufraga de manera considerable a la hora de contar una historia con imágenes, que es de lo que se trata en esto que llamamos cine. Además, si al escaso valor formal del discurso empleado le añadimos algunas lagunas de guión, referidas sobre todo a la construcción de determinados personajes que nos los hace increíbles en sus motivaciones, tenemos la tónica habitual del festival: poco cine.
Después de la decepción causada el día anterior, aunque he de reconocer que no en todos los que la vimos, puesto que mi asombro fue mayúsculo cuando al día siguiente de sufrir en mis ojos las proyecciones anteriormente citadas compruebo cómo son numerosos los artículos de alabanza hacia la película de Nick Broomfield, pero esa es otra historia. Como decía, después de mi decepción por lo visto el día anterior, me fui a ver las dos proyecciones de sección oficial del día con la mochila de las expectativas por el suelo, supuse que sería mejor así, de ese modo nada podría decepcionarme tanto. He de confesar que esta táctica de espectador siempre me ha resultado útil y que por tanto la recomiendo al que le pueda interesar. Las películas a concurso de este tercer día fueron algo mejor, todo sea dicho. La primera, titulada La Maison, última colaboración entre el cineasta francés Michel Poirier y el actor español Sergi López, me pareció una película sincera y correcta, que teniendo en cuenta lo visto anteriormente fue más que suficiente. La trama fílmica gira en torno a un padre de familia (Sergi López), divorciado, solitario y con tres hijos pequeños que un buen día, estando de paseo con unos amigos por la campiña francesa se interesa por una casa embargada. Comienza a indagar en la historia que tiene detrás la casa y descubre la historia de dos hermanas obligadas a vender la casa de su padre, fallecido en la absoluta bancarrota, por imposibilidad de hacer frente a las deudas del progenitor. La casa, y la lucha por conservarla, se convierten de este modo en símbolo de todo lo que el personaje de López no ha podido conservar y hacer florecer en su matrimonio. En definitiva, la casa y la historia de estas dos jóvenes se convierten en una suerte de posible redención para el protagonista. Filmada con mucho gusto estético, con multitud de planos largos, en los que se suceden los encuadres del protagonista completamente solo en cuadro con la inmensidad del plano vacío, una iluminación muy cuidada, a la manera de los cuadros de Hopper, y con grandes aciertos narrativos como el recurrente empleo del fuera de campo para subrayar al aislamiento interior del personaje, la verdad es que la película merecía más de lo que obtuvo de críticos y periodistas diversos. Estos que la jornada siguiente la despachaban sin reproches ni alabanzas, olvidándola en pos de la otra película a concurso ese mismo día, la película de Hana Makhmalbaf, jovencísima hija del director iraní Mossen Makhmalbaf, Budha Collapsed Out Of Shame, que supuso la habitual aportación de las cinematografías árabes a San Sebastián (que todo sea dicho, suelen salir bien paradas del mismo, como la premiada hace unos años, Las tortugas también vuelan). A pesar de la cálida recepción que la película iraní ha obtenido por la mayoría de la prensa acreditada, como por los numerosos espectadores que se acercaron a verla, ésta padece los mismos defectos que buena parte de la producción cinematográfica actual. Estos es, innumerables primeros planos poco o nada pertinentes, una tremenda confusión entre lo que significan y lo que deberían ser ritmo de montaje y ritmo narrativo de una película, y una base argumental, por supuesto de decidido corte políticamente correcto, diseñada con precisión científica para atraer el favor de los jurados de los diversos festivales de cine del mundo occidental. Ambientada en el Afganistán de los talibanes, la película cuenta la lucha de Baktay, una niña afgana de cinco años, que en su obstinación por poder ir a la escuela se enfrenta con la inocencia y el desparpajo propios de su edad a la represiva sociedad talibán. A pesar de contar con una buena premisa narrativa y con un discurso temático de gran altura moral, la película se ahoga en el pantanoso dominio del cine hablado, contrario en su naturaleza al cine-imagen, es decir, al cine. No podemos pasar por alto que una película debe de poder expresarse a través de la imagen (en ello consiste el cine, en contar algo mediante imágenes en movimiento) y no refugiar su discurso en el texto hablado. Es aquí donde más falla Budha Collapsed Out Of Shame, en una puesta en escena demasiado complaciente en la que los excesivos primeros planos, concatenados uno detrás de otro sin permitir tiempo posible para la reflexión, terminan por destrozar todas las buenas intenciones planteadas desde su concepción temática. La jornada del lunes nos deparó alguna sorpresa. No por la exhibición de Cine con mayúsculas, lo cual hubiera sido de agradecer, sino porque una de las películas presentadas a concurso, que contaba con un reparto interpretativo de muy alto nivel, mostró algo de cine elaborado gracias al correcto empleo de los medios cinematográficos propios, y no solo por el recurrente empleo de la palabra para contar una historia, tónica habitual del festival. La película referida fue Emocional Arithmetic, una coproducción anglo-canadiense dirigida por el franco-canadiense Paolo Barzman, que cuenta con Susan Sarandon, Max Von Sydow, Gabriel Byrne y Christpher Plummer como principales actores. Contada a través de flashbacks y flashfowards, alternados con el desarrollo diegético natural de la historia, la película se centra en el reencuentro después de varias décadas de tres personajes (Sarandon, Sydow y Byrne), cuyos destinos se juntaron por vez primera en un campo de concentración bajo dominio alemán durante la segunda guerra mundial, y que se vuelven a ver transcurridos unos cuantos lustros. Como señalaba anteriormente, además del gran trabajo interpretativo de todos los actores, en especial de un Gabriel Byrne bastante comedido, la película acertaba en la presentación de los conflictos interiores causados por el recuerdo del pasado sin caer en el estereotipado fácil y sensiblero. Para ello, Barzman se sirvió de unas composiciones de encuadres muy trabajadas en las que los fondos siempre aparecen fuera de foco (a mi entender gran acierto narrativo para mostrar el obligado ensimismamiento de los personajes tras sus tragedias personales y su incapacidad para la relación con el exterior). También cuenta la película con otros aciertos dignos de mención, en concreto los referidos a la estructura del guión, como pueden ser la presentación en el prólogo del pasado y presente de los personajes (mediante dos sucesivos flashfoward y flashback) para relacionarlo con el trasfondo temático de la película, que no es otro que el doloroso asunto de la memoria y los sufrimientos que esta puede causarnos. No puedo dejar de decir que fue una buena película que mereció bastante más de lo que le dieron. La otra película de la jornada, la alemana Free Rainer, consiguió lo inesperado, la unanimidad de todos los críticos, entre sí y con el público, en su rechazo. No es de extrañar si nos atenemos a lo visto en pantalla, que no es otra cosa más que una concatenación de banalidades carentes de cualquier rigor no sólo narrativo sino que también temático. Cuenta ésta la historia de un productor televisivo que harto de crear monstruosidades televisivas, que a su juicio desmejoran a los espectadores, decide producir un programa de televisión que culturiza y desarrolle mentalmente la espectador (si el bueno de Preston Sturges saliese de su tumba y contemplase semejante despropósito fílmico, de evidente parentesco con su película Los viajes de Sullivan, le faltarían segundos para volverse de nuevo a su tumba horrorizado). Presentada como un alegato contra la polución televisiva y la desculturización que ésta provoca en nuestras sociedades, la película no sólo resulta pretenciosa en su contenido sino que además se convierte en un despropósito discursivo, con numerosos saltos de eje sin ningún rigor narrativo, y por tanto innecesarios, planos mal iluminados y personajes tan descabelladamente falsos que en vez de lograr un acercamiento del espectador para con ellos, nos distancian hasta la más remota lejanía.
De la película argentina debo confesar que fue la primera película del festival en la que me salí de la sala al de una hora de proyección más o menos. Sé que después de semejante confesión quizás no esté autorizado a verter ningún tipo de comentario acerca de la película, pero puesto que sufrí en mis carnes la primera hora de la misma no me voy a privar de exponer mis conclusiones extraídas en base a lo que vi. Y lo que vio no fue más que una historia más o menos interesante (más menos que más todo sea dicho) contada torpemente y sin ningún atractivo, ni visual ni temático. He de reconocer que no soy muy proclive a las películas de personajes desgastados de la vida, con deudas, un pasado mejor y pocas ganas de futuro (la película aborda la historia de Encarnación, una actriz venida a menos que agotada de luchar decide enseñar a su sobrina a disfrutar de la vida). Me parecen demasiado alejados de la realidad por exageración, y por lo tanto falsos. Pero si la película está bien contada, con imágenes elocuentes y recursos narrativos adecuados, estos personajes pueden llegar a resultarme aceptables. Pero este no fue el caso. Y por fin llegó el día en que entre la maraña de películas presentadas a concurso apareció una pequeña joya, hecha con honestidad y sin pretensiones de ningún tipo, en la que por fin se pudo ver una buena historia, sencilla y revestida de la veracidad que poseen las cosas hechas con naturalidad, contada a través de cuidadas y pertinentes imágenes en movimiento. Además, para gran satisfacción mía y de muchos otros espectadores, a la postre resultó ser la ganadora del concurso, lo que imagino nos supuso un halo de esperanza para sobrellevar la resaca del festival. La película en cuestión es A Thousand Years Of Good Prayers de Wayne Wang. Debido a que le dedico un artículo a la película, en este apartado solamente señalaré un par de apuntes sobre su director. Es Wang, según lo que de él hemos podido observar en ruedas de prensa, entrevistas y presentaciones de sus películas (también ha estrenado durante el festival The Princess Of Nebraska), un cineasta auténtico, apasionado del cine de Godard y Ozu, es un cineasta que reflexiona sobre la imagen, que construye historias por medio de imágenes, y que se muestra próximo y sincero para con el público. Ha sido en definitiva uno de los grandes personajes de este festival junto con Philippe Garrel, muy por encima de otros personajes mediáticos del tipo Paul Auster o Richard Gere. Ese mismo día, el comité de organización del festival decidió proyectar a concurso la película hongkonesa, Exodus de Pang Ho-Cheung. La película de Cheung, conocido en Europa por el éxito de su anterior film, Isabella, ofrecía a priori una trama cuanto menos curiosa, lo que suscitó bastante interés entre el público y la prensa. Cuenta Exodus la historia de un policía hongkonés que descubre durante el interrogatorio a un preso la existencia de una conspiración femenina mundial cuyo propósito es el exterminio de los hombres. Lo demás es fácilmente imaginable. Al comienzo de la declaración el policía duda de la veracidad del asunto, pero cuando el detenido desaparece, la supuesta conspiración se vuelve cada vez más real. Aunque no niego que la historia posee un evidente atractivo argumental, he de decir que según van avanzando los minutos del metraje el hastío para con los personajes y su historia se vuelve tan intenso que hace que la película pierda todo su interés inicial. Supongo que la causa principal de este aburrimiento se debe al constante empleo de soluciones argumentales y giros dramáticos vistos mil veces anteriormente en diversos thrillers y películas de serie negra, tanto clásicas como modernas. Pero tampoco quiero negar a esta sus aciertos que son varios. Por un lado, la película cuenta con un protagonista bastante simpático y bien construido (me acuerdo de las escenas escribiendo en su pupitre), un personaje que no sólo quiere descubrir la verdad como policía que es, sino que también quiere vivir su vida lo mejor posible. Un personaje que hastiado de su matrimonio (y probablemente de su trabajo) se refugia, y encuentra un respiro, en una relación adúltera con la mujer del desaparecido, personaje del submundo también bastante atractivo. Mención aparte merece la fotografía de la película que mereció el premio del jurado a la mejor fotografía del festival. He de reconocer que aunque durante la proyección me pareció que la estética plástica de la película era por momentos muy atractiva, con un empleo del color y de la composición de los encuadres muy interesantes, no puedo señalar nada de relevancia puesto que solamente he visto la película una vez y por tanto me veo incapacitado para juzgarla en las condiciones que se merece. El festival iba llegando a su fin, llevábamos una semana de festival y aunque habíamos visto buenas películas, caso de la película de Wayne Wang, La Maison, Budha Collapsed Out Of Shame o Promesas del Este, el nivel general de la sección oficial no era todo lo elevado que debería. Creo honestamente que en una sección oficial de un festival de cine cualquiera, todas las películas presentadas a concurso deberían ser por lo menos buenas películas. Pero este no era el caso, y dudo mucho que sea el de otros festivales. Pero esta jornada tampoco fue muy estimulante en cuanto a nivel cinematográfico se refiere. Aunque siendo justo con la primera película que se proyectó, Honeydripper de John Sayles, he de reconocer que por lo menos pasamos un rato entretenido, lo cual es de siempre de agradecer en un festival de cine. Cuenta ésta la historia del proceso de conversión del blues, género musical originario del sureste norteamericano, en lo que vino a llamarse Rock ‘n Roll. Con una recreación de la Alabama rural de mediados de los cincuenta bastante atractiva, y un reparto más que acertado, con Danny Glover a la cabeza, la película ofreció una muy buena clase de historia musical moderna. Lo cual es de agradecer. Pero en lo que a ejercicio fílmico se refiere, Sayles decidió situarse al margen para dejar que fuese la historia contada la que llevase el peso de toda la película. Se puede decir por tanto que lo que vimos fue una puesta en escena “de ausencia deliberada”. En definitiva, que a Sayles le había gustado tanto la historia que él mismo había escrito que decidió dejarla como estaba, esto es, una buena narración, en vez de tratar de convertirla en una película excelente. Se echó de menos por tanto un poco más de valor y riesgo en la puesta en escena. Del resto de películas a concurso, que fueron Padre Nuestro de Christopher Zalla, Daisy Diamond de Simon Staho, Shadows In The Palace de Meejung Kim y Flawless de Michael Radford, a penas cabe resaltar algunos apuntes acerca de la primera. Del resto señalar que evidenciaron una vez más la tónica habitual de todo el festival, esto es, buenas intenciones, en muchos casos buenas tramas argumentales, un balance de aciertos y fallos equilibrado, pero poco Cine. De Padre Nuestro he de decir que me ha parecido una película muy honesta hecha con muy buen gusto, y con una reflexión sobre lo que significa contar una historia en cine. Contada a través de los patrones del cine negro, Padre Nuestra nos traslada al suburbio neoyorquino a través de dos personajes de origen mejicano envueltos en una trama de apariencias falsas y engaños que no desmerece en nada al mejor cine negro clásico. Terminado el festival, y terminada por tanto la sección oficial del mismo, la sensación que nos ha quedado a todos es la de casi todos los años. En general ha habido tres o cuatro películas buenas, un grueso de ocho o nueve que a pesar de tener algunos aciertos resultan monótonas y pesadas, y cuatro o cinco películas que uno se pregunta que diantres hacen compitiendo en la sección oficial de un festival de cine de categoría A. Pero estamos en lo mismo de siempre, se nos dirá que por su situación temporal, después de Venecia, Berlín y Cannes, San Sebastián está en desventaja. Yo creo que no. No está en desventaja, sólo hace falta que se proyecten películas más arriesgadas, que las hay, tanto en sus propuestas como en sus facturas, para que además de glamour y alfombras rojas pisoteadas por las rutilantes estrellas de turno, tengamos en San Sebastián cine de altura. |
ONCHA DE OROA Thousand Years Of Good Prayers, Wayne Wang. Supongo que lo que nos hace, a nosotros espectadores de películas, amar u odiar una película es, por encima de la cuidada factura discursiva y temática de la misma, la veracidad y la honestidad que presenta en el tratamiento de la realidad emocional de los personajes y de la historia que se nos está contando. Es por ello por lo que creo que A Thousand Years Of Good Prayers ha causado tan buena impresión en todos aquellos que la hemos visto durante el festival de cine de San Sebastián. Tanto es así que incluso el jurado del mismo decidió concederle la Concha de Oro a la mejor película. Lástima que mientras escribo estás líneas, en el proceso de recuperación post-festivalero, la película no disponga de distribuidora en nuestro país. Cuenta la película de Wang la historia del señor Shi, un entrañable anciano que decide viajar hasta los Estados Unidos para socorrer emocionalmente a su hija, bibliotecaria de una universidad norteamericana, en el momento en que ésta se separa de su esposo. La distancia temporal y cultural que se evidencia entre el señor Shi y su hija, y entre Shi y el nuevo país que visita, se convierten así en motor central del devenir narrativo de la película. Con semejante planteamiento argumental se puede intuir la dirección que irá tomando la película, en la que se alternarán los momentos hilarantes, caso de las escenas del señor Shi con sus nuevas amistades (la señora Iraní del parque a donde acude a pasear, la jovencita del bikini de la piscina o los mormones que le visitan en la casa de su hija) dominadas por la confusión lingüística y la lejanía cultural de los personajes, con los momentos más crudos estéticamente en los que se nos presenta la colisión cultural del señor Shi con las costumbres propias de los Estados Unidos, no ajenos estos tampoco de cierto grado de comicidad sutil inherente a todo el metraje. Pero es de justicia señalar que la película de Wang no solo se desenvuelve magníficamente en el terreno de la veracidad que concede a su historia y a sus personajes, sino que posee una puesta en escena pertinente y precisa como un mecanismo de relojería suizo. Una puesta en escena en la que lo primordial es la transmisión al lenguaje cinematográfico de los conflictos que se plantean en la colisión de la cultura ancestral china con la norteamericana, a través de la dificultad propia de la raza china para la expresión de sus emociones. Ya desde el comienzo de la película se nos plantean una serie de encuadres que plantean visualmente la difícil relación que le espera al Señor Shi en su nuevo destino. Encuadres como digo completamente pertinentes en los que se presenta al personaje reencuadrado por numerosas verticales que lo aíslan de cualquier otro elemento en cuadro, incluida su hija. Además, la pericia de Wang como director se evidencia también en el acertado desarrollo de esta serie de encuadres, que pasan de una distancia física cada vez mayor cuando se presenta la distancia emocional de los personajes del padre y de la hija (llevados hasta el extremo en el momento de mayor ruptura emocional entre ambos, en el que las barreras se explicitan en el encuadre por la vertical separadora formada por una pared que separa físicamente a los dos personajes durante la conversación), hasta la comprensión mutua final, filmada en plano/contraplano compartido, en la que todas las barreras quedan superadas. Pero los aciertos de una puesta en escena de marcado corte minimalista no se refieren únicamente a los encuadres. También la fotografía, en tonos apagados, los brevísimos apuntes musicales y los delicados movimientos de los actores (caso de las escenas de las comidas entre el padre y la hija) suponen un gran acierto que hacen que la película consiga transmitir esa sensación de lejanía y de soledad que le otorgan el carácter de verdadero retrato humano fílmico. En definitiva, todo en la película de Wang camina hacia la misma dirección, que no es otra que la de representar el colapso emocional en que se ven envueltos los personajes en su enfrentamiento con una realidad diferente a la suya. Cuestionado Wang durante la rueda de prensa acerca de las influencias de otros cineastas en su carrera cinematográfica, y por extensión en esta película, señaló muy significativamente dos nombres, Jean-Luc Godard y Yasujiro Ozu. Honestamente creo, y quiero creer, que la mención de Godard iba referida sobre todo hacia la otra parte de su filmografía, esa que cuenta con títulos menos cercanos en su factura a planteamientos formales más clásicos, como Blue In The Face, Life Is Cheap... But Toilet Paper Is Expensive o la también estrenada en San Sebastián, The Princess Of Nebraska. Pero la mención de Ozu no resulta nada gratuita, salvando las distancias claro, a la hora de acercarse a esta pequeña gran película, hecha con humildad y sinceridad, que es A Thousand Years Of Good Prayers.
Por Ignacio Urigüen Echeberria |