


Ciudadano Kane
de Orson Welles
y Cumbres borrascosas
de William Wyler
| Pocas veces a lo largo de la historia del cine se ha dado una conexión de talentos tan visualmente prodigiosa como lo fue el binomio formado por el cineasta John Ford y el operador de cámara Gregg Toland. De sobra son conocidos los logros y virtudes que ambos alcanzaron por separado. Pero puede que su colaboración, que no va más allá de dos películas (“Las uvas de la ira” y “Hombres intrépidos”, ambas estrenadas en 1940) y un documental sobre el ataque a Pearl Harbour durante la Segunda Guerra Mundial (“December 7th”), no haya sido lo suficientemente valorada por la historiografía cinematográfica moderna De John Ford, aquel cineasta que quería ser Murnau, pocas palabras quedan por escribir. Poeta visual de la historia de los Estados Unidos, Ford alcanzó cumbres cinematográficas insospechadas a través de un estilo austero y naturalista. De sus películas se desprende un fino aroma a vida en la que unos personajes aturdidos por su destino se esfuerzan por combatir el inexorable discurrir de la civilización. Cargadas con una sutil mezcla de comedia y drama, las películas fordianas nos han concedido una inabarcable muestra de imágenes, personajes e historias que han trascendido su ámbito de celuloide para pasar a formar parte de nuestro imaginario cultural colectivo. No deja de ser curioso que además de aportar al western, génesis de la creación cinematográfica, numerosas películas situadas en la cúspide del género como “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Pasión de los fuertes” o “Centauros del desierto” entre otras muchas, su reconocimiento viene dado por sus dramas. Películas como “El delator”, “Las uvas de la ira”, “¡Qué verde era mi valle!” y “El hombre tranquilo”, que le otorgaron el dudoso privilegio de poseer cuatro premios Óscar de la Academia como director.
| Por su parte, la figura del famoso operador de cámara de “Ciudadano Kane” tampoco resulta desconocida para cualquier aficionado al cine. Toland, señalado como precursor del empleo de las lentes anamórficas en el desarrollo del arte cinematográfico, fue quizás el primer visionario del nuevo estilo visual que se impuso a partir de la década de los cuarenta. Su creativa personalidad era tan poderosa que dejó su huella estilística en todos los directores con los que trabajó, desde Ford hasta Welles. Toland contribuyó decisivamente a implantar la luz difuminada propia del cine clásico de Hollywood. Esta luz era deudora de las técnicas de iluminación del pasado, cuando las lámparas incandescentes empleadas en plató aportaban una claridad tan tenue que exigían unas aperturas de diafragma imposibles para la profundidad de campo. Pero Toland, sirviéndose del desarrollo técnico de la época (los dobles arcos de luz patentados por Technicolor, la nueva película ultrasensible súper xx comercializada por Eastman Kodak y la cámara BNC de la Mitchell Camera Corporation) propuso una nueva forma de filmar que eliminaba la refracción lumínica de los arcos frontales, permitiéndole filmar entre ellos mientras su luz penetraba en el objetivo en lugar de dispersarse. Al captar más claridad sobre la película ultrasensible, pudo permitirse fotografiar escenas de interior con diafragmas de f8, f11 y hasta f16. Con tales aperturas y un objetivo de lente focal corta, las lentes de la cámara actuaban virtualmente como ojos humanos, logrando dentro del campo fílmico un enfoque capaz de abarcar una profundidad de doscientos pies[1]. Toland puso de manifiesto sus celebradas contribuciones técnicas en películas como “Cumbres borrascosas”, “El forastero” y “Los mejores años de nuestra vida” de Wiliam Wyler, “Ciudadano Kane” de Orson Welles y las ya citadas películas de Ford entre otras muchas.
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