Una última balada para el viejo Sam por Ignacio Urigüen Etxeberria

imágenes de Perros de paja y Grupo salvaje
Alcohólico, mujeriego, alborotador, introvertido y violento a partes iguales, Sam Peckinpah (Madera County, California 1925, Ingelwood, California 1984) fue el último renegado de esa perversa fábrica de sueños llamada Hollywood. Cineasta controvertido donde los haya (nunca antes un director había sido alabado y denostado a la vez con tanta fiereza por críticos y público), su carrera puede definirse como una sistemática lucha contra las
imposiciones morales y comerciales de la industria norteamericana. Y es que Peckinpah, cineasta outsider por antonomasia, tuvo que ver cómo su primer film (Duelo en la Alta Sierra, 1962) se convertía en el único de toda su carrera que era respetado por la poda implacable practicada desde la sala de montaje. Productores y presidentes de majors, incapaces de ver en su figura algo más que un simple hacedor de películas, malograron gran parte de la filmografía de este grandísimo cineasta a reivindicar. “Consigue un arma. Miente, engaña, roba, quédate con la película, secuéstrala,…”, proponía como solución a los problemas que no sólo él tuvo con productores durante ese periodo tan turbio que para el cine norteamericano fueron los años sesenta.
Pero al margen de todos sus desamores con la industria, Peckinpah nos legó un puñado de films inolvidables, grandes tragedias de personajes en constante cuestionamiento envueltas en un manto de argumentos sencillos. Porque como él mismo dijo cuando rechazó dirigir Superman (Richard Donner, 1978), “solo me siento suficientemente competente para tratar con seres humanos, no con muñecos”.
Samuel David Peckinpah llegó al western cuando sobre este género se ceñía la alargada sombra del ocaso. Quizás por eso él siempre rodó westerns, incluso cuando aparentemente rodaba films bélicos como “La cruz de hierro”, dramas como “Perros de paja” o road movies como “La huida”. Pero eso no fue óbice para que nos mostrase una amplísima gama de personajes netamente cinematográficos. Los detallados estudios que sobre los seres humanos nos muestra en sus films nos permiten valorar y deconstruir su obra, al margen de sus de sobra conocidos recursos formales (algunos típicamente televisivos como los zooms o ralentís), en una serie de temas recurrentes a lo largo de toda su filmografía.
Uno de los rasgos más típicamente Peckinpahiano es el canto nostálgico al adiós del western como género creador de mitos del pasado. Porque como bien vino a señalar Samuel Fuller, los westerns de aquella época (obras como “Dos cabalgan juntos” 1961, “El hombre que mató a Liberty Valance” 1962, y “El gran combate” 1964, de John Ford o “Los Profesionales” 1966, de Richard Brooks) venían a mostrarnos “el extraño sonido doloroso del Oeste cambiante”. Y este recurso temático termina por florecer en cada uno de los westerns que rodó Peckinpah.
Sus películas del Oeste narran todas, ese proceso traumático de desmitificación de un pasado otrora configurador de valores sociales. La desesperanza por un futuro de obligado cambio, la añoranza de los viejos tiempos, y los héroes descontextualizados pueblan todas las historias de este hombre del Oeste que era Peckinpah.
Su primera película digna de ser considerada (después de que en 1961 rodara un insufrible y desacompasado western titulado “Compañeros mortales”, película que en España ni siquiera llegó a estrenarse en salas comerciales), “Duelo en la Alta Sierra”, estrenada en 1962 es íntegramente un canto al pasado perdido. Ninguna otra película suya viene a definir mejor este ocaso del Oeste. Fotografiada en exquisito Technicolor por Lucien Ballard, quien para remarcar ese característico sentido crepuscular se esforzó en filmar casi todos los exteriores a última hora de la tarde, cuando el cielo adquiere una tonalidad violeta claramente melancólica, la película supuso un éxito dentro de la carrera de Peckinpah solamente comparable al logrado por “Grupo Salvaje”.
Todo en esta película denota decadencia. Comenzando por la figura del protagonista, un Joel McCrea en su particular ocaso interpretativo, que interpreta a un viejo pistolero inadaptado a los nuevos tiempos, encargado de transportar una suma de dinero que se reduce drásticamente por la desconfianza que su decrépita figura provoca en los banqueros. Pero toda la película se puede considerar como una oda a un paraíso perdido, el de los valores del pasado (magníficamente ilustrada en la relación de amistad-traición-redención entre el protagonista y su antiguo socio Gil Westrum, interpretado por Randolph Scott).
Y es que para los antihéroes de las películas de Peckinpah, “Los tiempos han cambiado”, y nada se puede hacer frente a un Oeste en mutación que ahoga existencialmente a aquellos que se aferran al pasado. Las pruebas del doloroso ocaso en el cine de Peckinpah son numerosas y elocuentes. Desde la inquietante “Grupo Salvaje”, un western en la que los viejos fusiles Winchester dejan paso a las armas automáticas, a “Pat Garret y Billy el Niño”, donde se nos hace más explícita esta idea, cuando Garret (interpretado por James Coburn) le dice al Niño (Kris Kristofferson): “Times have changed” (Los tiempos han cambiado), y este le contesta: “Times maybe, but not me” (los tiempos puede, pero no yo).